Francisco Javier Toro y el Nuevo Realismo Colombiano
Escrito por: David Alejandro Jiménez Osorio
Fotografía: Mary Ramírez y Álvaro Javier Cuesta
En nuestra tercera edición del Café con el Fotógrafo tuvimos como invitado a Francisco Javier Toro, un fotógrafo nacido en Medellín que lleva más de 50 años recorriendo Colombia con su lente, guiado por una mirada inquieta y por el asombro como filtro para comprender la realidad del país.
No todas las historias necesitan contarse desde su inicio; algunas tienen un punto de quiebre que parte el relato en dos. La historia de Francisco es una de ellas. Su transición de lo análogo a lo digital coincidió con un proceso de redescubrimiento personal que transformó su forma de mirar. Dejó atrás el blanco y negro para renacer en el color, que pronto se convirtió en el símbolo de su nueva propuesta artística.


Retrospectiva visual
Así comenzamos el viaje por su Retrospectiva Fotográfica II, una obra que reúne los últimos 20 años de su trabajo: historias, paisajes, naturaleza, personas y muchas palmas. Para este recorrido contamos con un guía peculiar, no solo por ser el autor, sino por su serenidad inmutable y la cadencia hipnótica con la que narra.
Y como si fuera una escena de la Divina Comedia, el recorrido empezaba con una inscripción sobre la puerta: “Morimos en vida por falta de asombro, no por falta de cosas asombrosas.” Mucho más esperanzadora que aquella que enfrentaron Dante y Virgilio, pero con el mismo propósito: preparar al espectador para la travesía.
El asombro es, sin duda, el hilo conductor de este relato; un asombro de la realidad misma, con sus colores y riquezas, que Francisco ha logrado capturar con paciencia y una profunda comprensión del contexto.



Cada fotografía revela esta sensibilidad. Cuando Francisco habla, no lo hace solo desde lo técnico —que domina con precisión—, sino desde el relato que acompaña a la imagen. Entreteje contexto, historia y momento, trasladándonos a la escena exacta de cada toma. Este dominio de lo real solo es posible cuando se escucha con atención y se analiza de forma crítica la luz, el entorno y la vida que fluye en cada encuadre.
Con esta tríada —relato, asombro y fotografía— Francisco se embarca en la tarea de redescubrir una Colombia donde lo fantasioso suele dominar la narrativa. Ahí radica su diferencia: no busca historias deslumbrantes, sino la visión correcta para encontrar valor en lo cotidiano.
La raíz realista
Aunque Colombia ha dado grandes documentalistas, Francisco eligió un camino distinto: la creación artística de lo realista. Su motivación es otorgarle relevancia a la vida que lo rodea mediante la mirada curiosa del niño interior con el que mantiene una conexión inalterable.
Este enfoque se acerca más a los movimientos pictóricos del Realismo del siglo XIX que al documentalismo tradicional. Ver sus fotografías es como enfrentarse a un artista formado en la escuela de Gustave Courbet, pero transpuesto a nuestra geografía y a nuestra época. Un artista que en vez de pincel usa la cámara, pero que sigue encontrando en lo cotidiano su fuente inagotable de inspiración.
Su obra transita entre personas trabajadoras, paisajes, mares y atardeceres, del mismo modo que lo hicieron los realistas franceses hace más de ciento setenta años. Incluso su llamado a “deconstruir la mirada” conecta con esa tradición: mirar lo simple con atención, antes que buscar significados simbólicos.


El encuentro con el siglo XIX
Esta relación con el realismo se vuelve indudable cuando observamos una de sus obras más impactante: la fotografía de un búfalo remolcando a un campesino en un amanecer sofocante de Fundación, Magdalena. La luz dorada y el relato cotidiano que la acompaña evocan, con sorprendente precisión, “Bueyes que van a trabajar, efecto de la mañana” de Constant Troyon y “Arando en el Nivernais” de Rosa Bonheur.



La sensación pictórica de esta imagen es el corazón de su propuesta: una simplificación del lenguaje visual que recoge color, composición y luz para mostrar —sin romantizar— las realidades del campesinado colombiano, tan cercanas a las que vivieron los trabajadores franceses de mediados del siglo XIX.
A partir de allí, la exposición nos condujo por historias de naturaleza, aves, mamíferos y palmicultores. Francisco no solo compartía la historia detrás de cada toma con precisión técnica, sino también los nombres y vidas de quienes protagonizan sus imágenes.
El asombro como acto de vida
En una sola noche recorrimos múltiples realidades colombianas, aquello que él denomina la “venganza de la geografía”: la diversidad inagotable del país.
Pasamos de los amaneceres andinos a los muelles y barcos; de las plantaciones de palma a historias íntimas de palmeros y a los esfuerzos del mundo panelero por sobrevivir en un entorno económico desigual. Con un dominio notable del tema, Francisco deja claro que su misión no termina con el clic: continúa en la escucha, la comprensión y el compromiso humanista.
Ver su obra es un manifiesto visual de libertad creativa. Estas fotografías fueron tomadas mientras cumplía misiones empresariales complejas, pero nunca dejó pasar la oportunidad de retratar su verdadera fuente de inspiración: el asombro.
Para Francisco, el asombro es la realidad misma, y la realidad es la vida. En este recorrido no hubo un único sujeto narrativo, sino el todo expresado con color y sinceridad. Por eso, Francisco nunca estará sin hacer fotografías: los momentos asombrosos siempre estarán a menos de treinta pasos de donde él esté.



