Alexis y la búsqueda de la autenticidad
Escrito por: David Alejandro Jiménez Osorio
Fotografía por: Jonathan Correa y Claire Lumière
En nuestro primer Café con el Fotógrafo del presente año tuvimos la participación de Alexis Múnera, un fotógrafo pereirano con más de 15 años de carrera, y docente de fotografía en la Escuela Popular de Arte de Risaralda.
Alexis llegó esa noche visiblemente afectado por un resfriado, con la voz ronca y el habla más pausada de lo habitual. Y aun así, habló. Aunque el tema que nos traía a la charla era cómo habitar la mirada, lo que vimos fue la muestra de un estilo fotográfico construido sobre una sola convicción: la renuncia al ego para alcanzar la autenticidad.

Para ejercer la fotografía se necesitan conocimientos técnicos y artísticos, pero también es igual de importante desarrollar un estilo que traduzca en imagen la forma de pensar, de ver el mundo, y que articule una mirada verdaderamente propia. El estilo no nace con uno, sino que se construye en cada fotografía y se va afinando hasta convertirse en nuestra guía: esa brújula que le indica a la mirada adónde ir y qué historias contar. En el caso de Alexis, ese estilo es la autenticidad.
Cuando hablamos de autenticidad, hablamos de cercanía: de lograr capturar fotografías íntimas que nos hagan sentir dentro de un recuerdo de la niñez. Imágenes como la de una niña jugando, inocente, casi completamente escondida detrás de una hoja más grande que ella en medio de la lluvia. Es lograr retratar la esencia de la realidad dentro de un marco, sin que esta se sienta atrapada.


La autenticidad demanda cercanía, y justo por allí inició su camino como fotorreportero gráfico en el periódico El Diario. La reportería fue ese espacio para acercarse a las historias, para recorrer las calles, para ser parte de la noticia. Este abordaje fue su mundo por muchos años, pasando por medios como Vecinos, el Q’hubo y El Tiempo.
Sin embargo, la autenticidad también exige paciencia y tiempo, y la reportería respondía a la inmediatez. En ese campo, la primicia era reemplazada por la siguiente novedad; no había espacio para generar la confianza suficiente que permitiera ver más allá de lo visible. Fue un espacio que agudizó sus sentidos, pero que no le permitía contar las historias que quería contar. Y para alguien atravesado por cuentos y poesías, que veía en la narración escrita otra forma de expresar su arte, esa fugacidad —portada hoy, periódico de ayer al día siguiente— limitaba su lenguaje visual.



Cercanía y tiempo: esos dos elementos se convirtieron en sus ingredientes para alcanzar la autenticidad deseada. Cercanía para ingresar a las comunidades, para recorrer las historias, para tomar las fotos desde el punto de vista deseado; y tiempo para generar confianza, para acercarse tanto que la veracidad se volviera inevitable.
Pero acercarse a la autenticidad exige renunciar al ego, porque el ego distorsiona la realidad. Una realidad que se desea inalterada no sobrevive a su gravedad: todo lo curva hacia sí mismo, desplaza a los sujetos del centro y pone al fotógrafo en su lugar. Solo quien le da la espalda a Narciso entiende que el mensaje es más importante que el mensajero.
Un costo alto para una profesión que puede deslumbrar entre luces y flashes, entre exposiciones y puestas en escena, que esconde al fotógrafo detrás del lente pero lo enaltece en museos y entrevistas. Fue allí donde Alexis entendió que, si quería tomar las fotografías que soñaba y lograr la cercanía real con sus sujetos, debía dejar a un lado su ego y mirar con una nueva mirada.
No existe otra forma de entender su abordaje hacia uno de los trabajos más importantes de su carrera: Sentí Buma Embera Wera, ahora llamado Mariposas del Café, proyecto que él mismo reconoce como de autoría compartida —ni siquiera le pertenece el nombre, que fue modificado bajo los sentires de sus protagonistas—. Entiende que las historias de estas mujeres trans emberá no son suyas, y que la cámara no captura: transmite y difunde. En cada etapa del proceso —desde el momento de fotografiar hasta la presentación de los resultados— se coloca únicamente como catalizador.

Al ser espectadores de estas y demás fotografías de sus proyectos, es posible reconocer el sello de Alexis: claroscuros muy marcados, sujetos con luz intensa que sirve para presentar u ocultar el rostro de los retratados según sea la intención. Colores naturales que anclan la escena en lo cotidiano sin borrar la identidad, y sobre todo una búsqueda constante de la tensión entre la luz y la sombra.
Porque esa tensión es la consecuencia de su estilo: sin buscarlo, la cercanía lo puso dentro de escenas donde coexisten la luz y la sombra, y aprendió que ambas debían armonizarse para retratar la verdad. De lo contrario, las luces altas, si se frecuentan sin cuidado, llevan a la exotización de los sujetos: la imagen deja de ser una realidad y se convierte en un producto. Las sombras, si se llevan al extremo, generan dramatismos exagerados y una victimización ficcional. Por eso Alexis se mueve en esa delgada línea intermedia: su estilo se alimenta de ambos extremos sin rendirse a ninguno, porque es ahí, en ese equilibrio difícil, donde —según él— vive la verdad de lo que es el ser humano.

