El río que quiso ser lenguaje visual
Escrito por: David Alejandro Jimenez Osorio
Fotografía por: Mary Ramirez
En la segunda edición del evento Un Café con el Fotógrafo tuvimos la oportunidad de conocer a Víctor Galeano, un artista documental pereirano que ha hecho de la fotografía el lenguaje visual que le permite contar historias de manera personal y colectiva.
Hablar con Víctor es escuchar los relatos de un río joven con la sabiduría de quien es transitado por aguas ancestrales. No es casualidad que esta historia comience cuando él conoce el poder del río Cauca. En ese entonces, aún estudiante de artes y con la intención de tomar fotografías como bocetos para sus cuadros, se encuentra en La Virginia, inundada por las aguas.
Con la cámara en mano y el río hasta el pecho, comprende que el lienzo y el pincel son insuficientes para narrar lo que estaba presenciando. La atmósfera de colores ocres, los reflejos del río en las paredes de las casas, las personas intentando seguir con normalidad sus vidas mientras el agua fluía bajo ellas… todo eso no cabía en un cuadro. Y aunque intuía que la fotografía también podía quedarse corta, era lo que tenía, en ese momento, entre las manos para empezar a construir un lenguaje propio.


Aún húmedo de aquella experiencia, decidió convertirse en fotógrafo. Con la riqueza visual que le daban sus estudios en artes, una vocación política heredada de su hogar, los conocimientos básicos transmitidos por su maestro Rodrigo Grajales y una maleta llena de ropa, inició un camino épico: el de ser el único río que nace en la cordillera Central y desemboca en el océano Pacífico.
Y como en Macondo los líquidos no obedecen la física y pueden recorrer a gusto el espacio en busca de Úrsula para anunciar una mala nueva, también este río podía ir cuesta arriba, superar el páramo y llegar al mar.
Como todo viaje imposible, empezó por lo conocido: la construcción del fotógrafo ideal que creía necesario ser. Estudió los grandes referentes clásicos de la fotografía estadounidense y francesa, con sus influencias pictóricas, y con la convicción de que algún día sería ese fotógrafo de postal que trabaja para una agencia internacional.
En medio de esta selva espesa comenzaron a aparecer los primeros frutos: publicaciones en medios nacionales como Semana, viajes internacionales, premios y el reconocimiento necesario para ser contratado por los grandes medios.
Cada logro lo acercaba a lo que creía que debía ser: discusiones intensas con editores, estancias breves en los territorios, la presión de producir imágenes encargadas y regresar a hoteles que servían de cuartel. Pero en el silencio y soledad de esas habitaciones, comenzaba a preguntarse si ese sueño nacido con el Cauca hasta el cuello aún valía la pena.

Su ascenso fue una continua idealización de la profesión. Veía a otros fotógrafos documentales y le parecían unos guerreros más que comunicadores o relatores. Así, continuó llenando su maleta —que al inicio solo contenía ropa— con ideas preconcebidas, premios y seres imaginarios. Hasta que, en la cima, el peso se volvió insoportable. Allí comprendió que debía vaciar su maleta si quería seguir avanzando.
Entre dudas y crisis, la pendiente cambió. En lo más alto, con un aire clarito que a veces ahoga pero también permite agudizar la mirada para ver lo realmente importante, decidió dejar atrás al héroe, abandonar lo heroico como objetivo y centrarse en las historias, los territorios, las resistencias. Entendió que ese personaje lo alejaba de su verdadero destino.
En el descenso, comenzó a caminar más lento. Escuchaba con mayor atención los sonidos a su alrededor. Y en una noche —envuelto en sueños y bruma— conoció al espíritu del río Baudó. Este ser mítico, que toma el rostro de su interlocutor, le propuso una conversación, en la que comprendió que debía hacer una fotografía distinta: Una fotografía de autor que surgiera de la colaboración y de una escucha atenta del sujeto retratado; donde las palabras fluyeran libremente, con el torrente necesario para entrelazar relatos, desdibujar los límites entre los roles tradicionales de sujeto y fotógrafo, y permear con esa fusión la imagen final.

Y es que Víctor no quería tomar únicamente fotografías, quería construir un lenguaje. Y como lenguaje, las tradiciones orales, la palabra y los sonidos tienen la capacidad de transmitir un mensaje, un mensaje que pudiera traducir en las imágenes necesarias para contar historias.
Fue entonces cuando Víctor encontró su lugar entre las grietas formadas por las montañas del arte y el periodismo. Nunca lo suficientemente artista para ese mundo, ni tan rígido como para ser periodista, pero sí habitante de un espacio común que lo reafirma en su autenticidad: recorrer los territorios, compartir con las comunidades, escuchar desde una hamaca, dejar que sus sujetos guíen la siguiente imagen.
No hay duda de que Víctor es un río. Porque en su andar habita todas las historias que ha contado, permanece en cada territorio, se nutre de sus pasos. Su motivación no es llegar a la meta, sino vivir muchas vidas al tiempo, dejarse determinar por el caudal visual que ha generado.
Los que lo han visto por última vez dicen que el mar se aleja cada vez que lo divisa. Que cuando tiene la sensación de que va a llegar, este muta, cambia de colores. Eso lo impulsa a seguir construyendo al fotógrafo auténtico. Este río llamado Víctor seguirá fluyendo, creciendo en caudal, en historias.
Y quién sabe, quizás, como el río Baudó, algún día retome todo su curso. Deje de perseguir el mar y, en cambio, suba la montaña para volver a la tierra que lo vio nacer. Porque hay ríos que no buscan desembocar, sino pertenecer.


