Edwin Laverde: la fotografía es cuestión de método

Escrito por: David Alejandro Jiménez Osorio
Fotografía por: Mary Ramírez

El día 9 de agosto todos nos acostamos con un plan para el día siguiente que nunca se cumplió. El mío era continuar escribiendo la crónica de Edwin Laverde para publicarla antes de nuestra tercera edición del Día Mundial de la Fotografía. Ninguna de las dos cosas ocurrió.

Esta crónica es, en parte, un puente temporal entre lo que fuimos antes de esa fecha y lo que somos ahora. Es una forma de retomar algunos hilos de nuestro pasado reciente y volver sobre rutinas que quedaron suspendidas, estancadas por la montaña de emociones que implicó intentar seguir adelante después del terremoto. Retomarla es, de cierta manera, evocar justo lo que hice el día anterior; pensar que el 10 de agosto debía haberla continuado escribiendo; pensar que, en el tiempo que no fue, este escrito ya fue terminado y leído por todos ustedes. Significa también continuar un texto que inició otro autor: alguien que, siete semanas después, ya no es la misma persona.

De Edwin supe que estaba bien cuando, pasando por alguno de esos puntos donde los celulares retomaban señal de forma inesperada, recibí sus mensajes. Supe que, como era de esperarse de un fotógrafo documental de naturaleza, el sismo lo encontró en medio de una toma fotográfica, dentro de bosques y quebradas. Desde ese cruce de mensajes en el que supimos que estábamos vivos, no volvimos a comunicarnos, salvo para compartir noticias sobre las novedades de los proyectos inconclusos.

Ese silencio prolongado se dio, paradójicamente, con alguien que, más que fotógrafo, es un comunicador polifacético: inició su vida en la radio, fue escritor en medios digitales y revistas, y con una voz única y una entonación encantadora logra siempre comunicar su mensaje con la nitidez de la nieve de los Andes y la calidez de la alta Guajira.

Esa combinación inusual de voz, letras e imagen cobra sentido cuando entendemos que su propósito no es crear imágenes estéticas ni hacer fotografía descriptiva. Es comprender la dinámica del mundo que lo rodea y descubrir el vínculo que hace posible la existencia. Una misión quijotesca que requiere habilidades que trascienden los límites de la fotografía; por eso es común encontrar en él intersecciones disciplinarias tan particulares.

Estudiar el vínculo que hace posible la existencia no es una pregunta que suela hacerse un fotógrafo; parece más la de un científico o un matemático. Pero fue la pregunta que lo obsesionó desde muy temprana edad, en aquellas tardes soleadas en Obando cuando sus vecinos empezaron a notar que ese niño miraba el mundo de una forma distinta.

Haber nacido en ese pueblo, al lado del Cauca, atravesado por montañas y ríos, en el tiempo en que los niños gozaban de libertad para salir a la calle, le enseñó a dejarse guiar por la curiosidad y, con ella, a explorar la naturaleza que lo rodeaba. Sus juegos eran observar las hormigas en el patio de la abuela, esconder objetos en medio del jardín verde para volver a encontrarlos, siempre en búsqueda del encuentro de lo inesperado, siempre guiado por el asombro.

Cuando llegó el momento, tuvo la madurez suficiente para saber que debía salir de Obando y la valentía de irse a Pereira a continuar sus estudios. Aunque su deseo era estudiar biología, vio en la administración ambiental la opción de formación profesional para continuar con su búsqueda. Y sin saberlo, esa decisión lo llevaría al encuentro de su gran aliado: la fotografía.

Un encuentro familiar, porque la fotografía siempre estuvo presente. Sus padres eran fotógrafos sociales y, quizás absorto desde niño por el verde de las montañas, nunca tuvo el tiempo de observar ese aliado incondicional que esperaba en casa. Y es que los sucesos trascendentales de la vida tienen la paciencia suficiente para esperar el momento preciso para manifestarse, y en el caso de Edwin la cámara esperó hasta su vida universitaria para conectarlo nuevamente a su hogar.

Una nueva herramienta requiere una nueva mirada, una que solo se aprende a través del lente. Su curiosidad lo llevó a experimentar: usó lupas y descubrió un mundo desconocido que lo cambió todo. Miró la piel de la naturaleza desde sus vibraciones, colores y formas. Miró lo cercano y lo lejano. Y como la fotografía exige una profunda conexión entre la mente y el corazón, es inevitable que en ella termine reflejándose la esencia del ser. Por eso sus fotos no podían ser algo diferente a preguntas, pistas de la complejidad existencial, testimonios de la biodiversidad de nuestro planeta, pero especialmente de nuestra tierra.

Esa travesía fotográfica lo condujo a adentrarse en la megadiversidad de nuestro continente: caminó sobre el desierto de la Guajira, sobre los filos de los Andes bolivianos, sobre la hojarasca del Pacífico. Viajes que le enseñaron a ser una persona rigurosa, a preparar muy bien las salidas para llevar solo lo justo, para estar en el sitio correcto y en el momento oportuno. Así, sus tomas se transformaron en experimentos científicos, donde la naturaleza era su laboratorio y la cámara, su bitácora.

Con la sencillez que se aprende con los años, ya más de treinta dedicados a la fotografía, resume su enfoque en cuatro palabras: Método, Orden, Disciplina y Estética. Es su mantra de vida, el que le permite concluir sus proyectos más ambiciosos y el que fue desarrollando a ensayo y error, aprendiendo de su maestra, la naturaleza.

Método es asumir cada toma con una rigurosidad y un profesionalismo quirúrgicos. Estudiar con alma de biólogo cada especie, investigar las condiciones climáticas y topográficas del terreno y controlar cada detalle que esté en sus manos, porque aprendió que, en la labor del documentalista de naturaleza, todo esfuerzo realizado durante la preproducción puede ser la diferencia entre el éxito y el fracaso de una expedición.

Orden lo aprendió al observar cómo la naturaleza construye su complejidad. Los árboles, las hojas, las montañas: todo parece estar compuesto de formas simples que se replican a través de patrones repetitivos. Esa armonía de la autosemejanza hace que, donde nosotros vemos complejidad, Edwin encuentre orden. Por eso, cuando se encuentra inmerso en las selvas más espesas, ve calma y no caos; ve figuras geométricas y líneas que convergen en un equilibrio que permite la coexistencia de la fauna y la flora.

Disciplina es la autodeterminación para alcanzar grandes metas. Las preguntas más ambiciosas requieren tiempo y esfuerzo para intentar responderlas. Así lo entendió al observar el trabajo de fotógrafos como Sebastião Salgado y así siente que debe enfrentar la suya, porque conoce la complejidad que implica intentar revelar el secreto más oculto de la existencia. Por eso estudia continuamente las ciencias naturales, la taxonomía biológica, la fotografía y cuanta arista académica sea necesaria para acercarse a su propósito.

Estética es el propósito metafísico de la existencia. En su concepción, somos reflejo de una belleza omnipresente, dispuesta a ser admirada y fotografiada. La ve en todas partes, en el orden de la naturaleza, en su cotidianidad; es como si esta le susurrara al oído que en lo bello está una pista ineludible de la ecuación del todo. Y, con cámara en mano, se deja seducir por el cantar de las sirenas para, a través del arte, lograr extraer ese eslabón perdido, sin perderse en el camino.

Método, orden, disciplina y estética: cuatro pilares que han guiado su vida. Cuatro atributos de una misma entidad que se interseccionan entre sí para siempre indicarle la dirección de su próximo paso. Cuatro palabras que, al formar el acrónimo MODE, dan la impresión de ser un modo único de tomar fotografías, como si la cámara de Edwin, además de los modos de preferencia al diafragma, a la velocidad o manual, contara con una opción adicional en su dial, una que le garantiza llevar a la realidad la fotografía que preparó.

Con Edwin sigo sin hablar desde la noche del Café con el Fotógrafo. Pero, si de algo estoy seguro, es de que seguirá entre montes y ríos, contando sus historias, con su elocuencia propia, compartiendo sin egoísmo sus más recientes hallazgos y descubrimientos. Y caminando firme y sin tregua, seguirá acercándose a responder esa pregunta que lo ha acompañado toda su vida.

Tal vez esa pregunta sea más trascendental de lo que imagina. Porque, al final, comprender la naturaleza también significa comprender nuestra propia vulnerabilidad. Todo daño que le hacemos a ella nos lo hacemos a nosotros mismos.

Y si a alguien todavía le queda alguna duda: recuerda el 10 de agosto del 2026. Ese día, por un instante, la Tierra nos recordó su poder, nuestra fragilidad y que nuestra existencia está completamente supeditada a sus designios.